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No siento sensación de triunfo

Consigue lo que se propone y, cuando llega, no siente triunfo ni felicidad. Segunda columna del consultorio.

7 DE OCTUBRE DE 2026Daniel Velásquez
La mayoría de las veces que logro algo que quería no siento sensación de triunfo o de felicidad.

Persona promedio

Respuesta

Tu carta tiene dos líneas y una firma, y la firma es la parte más interesante. Alguien que se presenta como "persona promedio" y a la vez espera sentir triunfo cada vez que consigue algo tiene una contradicción instalada que vale la pena mirar con calma. Pero antes te cuento una cosa.

Con mi primer sueldo me compré unos audífonos Bose. Los quería desde hacía años, desde la universidad, cuando leía todos los días páginas de tecnología (todos los días, sin exagerar, con la disciplina que nunca tuve para ninguna materia) y los Bose aparecían en cada reseña, en cada comparativa, en cada lista de "lo mejor del año", a un precio que era más o menos lo que yo gastaba en un mes completo de buses y almuerzos. Hice la cuenta varias veces, con la precisión obsesiva que uno le dedica a lo que no puede tener. Cuando por fin me los puse, lo primero que oí fue el silencio. La cancelación de ruido funcionaba exactamente como decían las reseñas: el mundo desapareció. Y en ese silencio, que era lo que había comprado, lo que sentí no fue felicidad. Fue una cosa chiquita y rara, parecida a terminar un examen: alivio, un poco de culpa por la plata, y una pregunta que no esperaba y que era más o menos esta: ¿y ahora qué? Los había querido una persona que no tenía con qué. Los recibió una que ya podía comprarlos cualquier martes.

Pero acá viene lo que no te conté. Esos audífonos los usé casi todos los días durante años. En aviones, en oficinas con aire acondicionado ruidoso, en noches en que no podía dormir. Nunca volví a sentir nada parecido a un triunfo con ellos, y sin embargo fueron una de las mejores compras de mi vida. La alegría del primer día duró un sorbo de café. La de los otros mil días fue tan discreta que ni siquiera la llamé alegría, y era la buena.

Te cuento esto porque desde entonces me sigue pasando con cosas más caras. He sacado a producción proyectos de un año entero, con equipos grandes y clientes que daban miedo, y el día del lanzamiento lo que sentí fue ganas de dormir. Ni orgullo ni la escena de la película donde todo el mundo aplaude. Sueño, y un alivio flojo de que nada se hubiera roto. Durante mucho tiempo pensé que era un defecto mío de fábrica. Después descubrí que le pasa a casi toda la gente que conozco y que nadie lo cuenta, porque contarlo arruina la foto.

Lo que creo que te pasa es esto. Cuando querés algo, quien lo quiere es la versión tuya de ese momento, con las carencias de ese momento. El logro llega meses o años después, y lo recibe otra persona (una que ya se acostumbró a la idea, que ya tiene otras carencias, y que con toda probabilidad ya quiere la siguiente cosa, porque así funciona el aparato). El premio le llega a alguien que no lo pidió. Por eso no se siente como triunfo: se siente como recibir un paquete que compró con tu tarjeta alguien que no conocés.

Y hay una segunda cosa, un poco más incómoda. Vale la pena preguntarse cuántas de las cosas que "querías" las querías vos, y cuántas las querías porque alguien a quien mirabas las tenía o las quería. Yo he perseguido ascensos y títulos solo porque los tenía alguien que me parecía más completo que yo (los Bose, ahora que lo pienso, no los quería yo: los querían unos señores que escribían reseñas y que, para mí, a los veinte años, eran la definición de tener la vida resuelta). Pero también he querido relaciones porque todo el mundo alrededor estaba en una, y he querido una versión de la felicidad que, mirada de cerca, era la foto de otra gente. Cuando conseguí algunas de esas cosas sentí exactamente lo que describís: nada, o algo peor que nada, la sospecha de que el deseo nunca había sido mío. Con un ascenso eso se nota rápido. Con una pareja puede tardar años, porque uno se esfuerza por sentir lo que se supone que hay que sentir, y el esfuerzo, visto desde adentro, se parece bastante al amor. El triunfo necesita que quien lo pidió y quien lo recibe sean la misma persona. Cuando el deseo es prestado, esa coincidencia no ocurre nunca.

Ahora, la expectativa. ¿De dónde sacaste que lograr algo tiene que sentirse como triunfo? Lo pregunto en serio, porque alguien te lo vendió. Hay una industria entera (los posts de "tengo el orgullo de anunciar", las fotos con el diploma y la mano en el mentón, los discursos de graduación que empiezan con una cita de alguien que murió pobre) dedicada a mostrarnos el momento del logro como un éxtasis. En la vida real ese momento dura lo que dura un sorbo de café, y la mayor parte de lo bueno estuvo antes, en los meses de estar en el problema, cuando no había tiempo de preguntarse por la felicidad. Lo bueno de los Bose fueron los años de leer reseñas en el bus, y después los años de usarlos sin pensar en ellos.

Te dejo algo concreto, que es lo que me ha servido. La próxima vez que te propongas algo, escribí en una nota, antes de empezar, qué creés que vas a sentir cuando lo logres y por qué lo querés. Cuando llegue el día, leela. Vas a descubrir una de dos cosas: que el motivo era tuyo y lo que sentís es una calma que no llamarías triunfo pero que se le parece, o que el motivo era de otra persona, y entonces el vacío no es un defecto tuyo, es un diagnóstico correcto.

Una advertencia, porque no soy terapeuta y acá tengo que ser honesto. Si lo que describís no es solo con los logros, si tampoco te alegra la comida, ni la música, ni la gente que querés, eso ya no es una pregunta de consultorio. Es algo de lo que hay que hablar con alguien que sepa, y pronto.

Pero si es solo con los logros, mi consejo es un poco decepcionante, y lo sé: dejá de buscar la felicidad el día de la meta, porque ahí casi nunca está. Está repartida en dos lugares menos vistosos: en los días de estar en el problema, y en los días, mucho después, en que lo que lograste ya forma parte de tu vida y ni lo notás. El momento de la entrega es apenas la frontera entre esos dos. Lo que se oye al cruzarla es silencio, y con el tiempo aprendés que eso no era el vacío. Era el ruido del mundo apagándose para que pudieras oír lo que venía.

Con cariño,
alguien que ya la cagó