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Me cuesta hacer amigos y más sostenerlos

Cuatro preguntas de alguien que piensa de más. Le contesté con una amiga que veo dos veces al año, un Excel que no debería existir y la noticia de que a todo el mundo le da pena.

11 DE OCTUBRE DE 2026Daniel Velásquez
Siento incertidumbre y dudas al respecto de por qué me cuesta hacer amistades, o quizá la pregunta es mayor: ¿por qué me cuesta aún más sostenerlas? ¿Cómo saber quién sí es mi amigo? ¿Cómo se es buen amigo?

Mujer analítica buscando en qué más sobre-pensar

Respuesta

Hiciste cuatro preguntas y una firma, y la firma es inteligente. Se adelanta. Si vos misma decís que sobre-pensás, nadie te lo puede reclamar después. Conozco la jugada porque es la mía. La voy a respetar un rato y después la vamos a tumbar.

Lo que sí tengo es esto. Con mi mejor amiga fuimos uña y mugre, de vernos todos los días y saber qué había almorzado el otro. Hoy nos vemos dos veces al año, una en diciembre y otra cuando a alguno se le daña algo, y entre una y otra nos mandamos memes de gatos a las once de la noche. Si alguien le pusiera números a esa amistad, nos mandaría a terapia de pareja. Pero hay dos cosas que los dos sabemos sin habérnoslas dicho: que si a ella la vida se le pone oscura, yo aparezco sin preguntar, y que si un martes le da por una idea loca, yo la hago con ella. Y lo mismo al revés. Durante años creí que eso no contaba como amistad porque no se parecía a las de las series. Hoy creo que es la única que he sabido cuidar, y que la cuidé porque nunca la revisé. Guardá eso. Vuelve.

Tus preguntas, de a una.

¿Por qué te cuesta hacer amigos? Porque a todo el mundo le cuesta, y la gente a la que parece que no, no te está contando la parte fea. Durante años creí que yo tenía un defecto específico para esto. Veía a los que llegaban a un sitio y a la media hora ya tenían parche para el sábado, y concluía que a ellos les habían entregado un manual que a mí se me perdió en el trasteo. No hay manual. Hay esto: ver a alguien todos los días, en un salón, en una oficina, en un gimnasio, te deja conocidos. Y por más que veas a alguien todos los días, eso solo no lo convierte en amigo. Uno puede almorzar un año entero con una persona y no saber nada de ella que importe. El salto lo da siempre alguien que hace algo que no estaba en el horario y que da pena: proponer un parche por fuera, escribir un domingo sin excusa, preguntar algo más personal de lo que se venía preguntando.

Y esto es lo que más quiero que te quede, porque a mí nadie me lo dijo a tiempo. A los que tienen esos amigos también les dio pena. Sintieron el mismo ridículo de proponer y que les dijeran que no, el mismo visto sin respuesta, el mismo “listo, otro día” que nunca llega. No es que a ellos les salga fácil. Es que se incomodaron igual que vos y lo hicieron de todas formas. Lo que ves desde afuera es el resultado, con el esfuerzo ya borrado, y por eso parece talento. No es talento. Es gente que pasó pena y decidió que valía la pena pasarla.

El mito es que las amistades buenas se dan solas. Que si hay química, crece. Es bonito y es mentira. (Con el amor pasa igual. Cuando alguien te cuente que un día apareció una persona y todo fluyó, buscá a su pareja y preguntale cómo empezó. Casi siempre te va a contar que fue cualquier cosa menos fácil.) Yo he sido el que empuja. Si alguien abriera el historial de algunos de mis chats, diría que soy la persona más migajera del Valle de Aburrá: mensajes míos uno debajo del otro, links que nadie pidió, parches que se murieron en visto. No siempre funcionó. Pero de las veces que funcionó saqué una amiga a la que, hace poco, cuando algo me dejó vuelto nada, busqué antes que a nadie. Nunca le había contado nada tan personal. Sabía, sin haberlo probado, que iba a tener paciencia y que iba a estar. Esa certeza la hicieron las migajas.

¿Por qué te cuesta más sostenerlas? Por la firma. Te dije que volvía. La amistad es una de las pocas cosas que se mueren cuando uno se pone a revisarlas, y una persona analítica (hablo de mí tanto como de vos) las revisa todo el tiempo: cuenta cuánto hace que no hablan, mira quién escribió último, se pregunta si a la otra le importa tanto como a ella. Cada revisión parece cuidado y es distancia. La amistad no se sostiene con conversaciones profundas. Se sostiene con las bobas y seguidas: un meme sin contexto, un “vi esto y me acordé de vos”, la foto fea de un plato. Cosas tan chiquitas que no se pueden sobre-pensar. Por eso funcionan.

¿Cómo saber quién sí es tu amigo? Tu amigo es la persona a la que le escribís como te sale, sin releer el mensaje antes de mandarlo: con errores de ortografía, con la foto fea, con la queja de siempre, sin pensar cómo te vas a ver. No le contás las cosas importantes, que esas se las contás a todo el mundo con versión ensayada. Le contás las aburridas, las que no van para ningún lado, el “hoy no pasó nada”. Y una pista incómoda: suele ser la persona que nunca pasó por tu Excel. Fijate en quién no has evaluado nunca. No porque no se lo merezca. Simplemente no se te ocurrió. Con esa persona no contás cuánto hace que no hablan, no te preguntás si te quiere tanto como vos a ella, no revisás quién escribió último. Y no lo hacés porque, en el fondo, ya sabés la respuesta y no la necesitás confirmar. Los amigos de verdad son los que te dan esa tranquilidad, la de no tener que medir. Los que sí te ponés a medir suelen ser justamente los que te generan duda, y la duda ya te está diciendo algo. Eso no quiere decir que no sean amigos. Quiere decir que todavía no te sentís segura, y la seguridad no se consigue midiendo más.

¿Cómo ser buena amiga? Mandando el meme primero. Apareciendo cuando no te llamaron. Aguantando que el otro esté ocupado seis meses sin tomártelo como señal. Y sobre todo, dejando de llevar la cuenta, porque la amistad es el único trato en el que anotar quién debe qué es la forma más segura de romperlo.

Cuidar también es hacerles espacio, y acá hay una trampa en la que caemos todos: creer que uno no falla por ser mala persona sino porque sus circunstancias son distintas. Las circunstancias siempre son distintas. Esa es la excusa de todo el mundo. Si tenés pareja y les quedás mal a tus amigos cada vez que ella propone algo, eso no es “obvio, primero mi pareja”. Es una costumbre, y conviene mirarla, porque el día que la pareja no esté, y las parejas, a diferencia de los amigos, tienen la costumbre de no estar, vas a volver a un grupo que ya aprendió a hacer parches sin vos. Lo mismo con la plata. “No armo ningún plan porque ando sin un peso” es la excusa que más he oído y la que menos me creo, porque confunde amistad con restaurante. Una caminada, un tinto en la casa de alguien, un almuerzo de lo que haya, una llamada de diez minutos. Si a tus amigos les importa más el parche caro que vos, el problema no es tu billetera.

Hay toda una industria que te dice lo contrario. La de las “amistades tóxicas”, la de “soltar a quien no suma”, la que convirtió a los amigos en suscripciones que se cancelan cuando dejan de rendir. Para alguien como vos es una trampa perfecta, porque viene vestida de madurez y lo que trae adentro es la misma hoja de Excel de siempre para medir a la gente. Hay amigos que sí hay que soltar. Son muchos menos de los que ese vocabulario sugiere, y casi nunca los que ese vocabulario señala.

No te voy a dar un plan. Desconfío de los planes para esto. Te doy una cosa chiquita: elegí dos personas que te gustaría tener más cerca y durante tres meses mandales una bobada una vez por semana, sin motivo y sin esperar nada. No lleves la cuenta de quién contesta. A los tres meses mirá qué pasó. Mi apuesta es que al menos una ya va a ser otra cosa, y que no vas a poder decir cuándo cambió.

Sobre-pensar te sirve para casi todo. La amistad es la excepción. Las amistades no se entienden. Se les manda un meme un martes y se les aparece un jueves malo, y entre esas dos cosas, sin que nadie lo decida, se sostienen. Así que cerrá esto y mandale algo a alguien. No lo pienses. Ya lo pensaste suficiente.

Con cariño,
alguien que ya la cagó

Me cuesta hacer amigos y más sostenerlos — Espacio Ocupado