Historias
Un afortunado recuerdo
9 DE OCTUBRE DE 2017Daniel Velásquez
Me desplazo a un ritmo tranquilo por la plataforma de la estación del metro, cuando me he alejado lo suficiente de las entradas a los primeros vagones y con cierta confianza interna presiento que encontrare algún asiento disponible, me dispongo a ubicarme de frente a las puertas del metro, espero que se abran completamente de par en par e ingreso sin empujones ni molestias, de esos pequeños placeres que uno tiene en la vida contemporánea.
Encuentro un asiento vacío justo al lado de la puerta, al asiento y la puerta los separa una pequeña pieza de vidrio de aproximadamente un metro y medio de altura por medio de ancho que es sostenido por sendas barras de acero en los marcos, rodeo ese pedazo de vidrio y me siento, saco mi celular y lo agarro con la mano izquierda, uso mi pulgar para desbloquearlo usando la funcionalidad de reconocimiento de huella digital, miro el fondo de pantalla un segundo, para inmediatamente buscar que música reproducir mientras hago mi viaje de vuelta a casa, desplazo con mi pulgar la lista de canciones que tengo guardadas y encuentro una de mi agrado para escuchar de inicio, toco el botoncito triangular que se encuentra en la parte inferior de la aplicación, espero un par de segundos y escucho los primeros acordes.
Mientras me concentro en la música me desconecto de lo que sucede a mi alrededor, aprieto mi mochila contra mí pero de manera más inconsciente que otra cosa, paso una estación, paso la otra y de repente un joven trigueño me hace un gesto con la mano para captar mi atención, pauso la música, estiro mi mano derecha a la altura de mi oreja y jalo delicadamente el audífono para acomodarlo sobre la saliente del cuello de mi camiseta, hago un gesto con la mano para pedir por favor que hablara el hombre y dijera lo que fuera que me iba a decir.
-Disculpe es que tengo una reunión muy importante- dice el joven mientras en una mano sostiene su celular y con la otra gesticula de manera un poco nerviosa, pero sin ser violento o agresivo en lo más mínimo -Justamente me acaban de llamar para decirme el lugar y hora, pero no me quedo claro una parte de la dirección y me colgaron antes de poder pedir que me la dijeran otra vez-.
Se nota un poco de desespero en sus ojos y moderada ansiedad, sonríe, pero no de manera forzosa, es medio combinación entre una sonrisa generada por los nervios y la forma natural en la que se posicionan sus cachetes por la contextura de su rostro. Mueve su cabeza arriba y luego abajo para volver a mirarme dubitativo un poco finalmente respira y suspira para exclamar -Me podría prestar su celular para hacer una llamada y poder quedar claro con los datos de la reunión-. El muchacho sostiene su sonrisa pero sus ojos rebelan sus ansias, se le nota preocupado, como al borde de exclamar una blasfemia, pero no en contra mía ni de nadie, sino en contra de su situación, en contra de como las circunstancias pueden llevarlo a uno a sentirse así por nimiedades, han pasado 3 segundos desde que el me formula la pregunta, pero en ambas de nuestras mentes han pasado una eternidad, para él lo peor de esos 3 segundos son mis formas e idiosincrasia lenta para actuar.
En mi mente recorren mil cosas, pienso en las veces que he perdido muchas oportunidades por incidentes así, no copias idénticas de esa situación, pero entenderá usted señor lector a lo que me refiero, porque probablemente también lo ha vivido en carne propia, una moneda que queda faltando para un pasaje de bus, o un refresco cuando más sed tenemos, un paraguas en medio de la lluvia, o un baño en medio del llamado urgente de la naturaleza. Incluso puede que como yo haya visto que esos pequeños infortunios desencadenaron perdidas más grandes, en un ejemplo claro del efecto mariposa.
Precisamente pensando en ese tipo de situaciones extremas, pensando que tal vez este pobre joven (pobre claro esta no por su situación económica de la cual carecía yo de conocimiento alguno, sino pobre por su situación actual como tal) donde no tener la posibilidad de hacer una corta llamada lo podría privar de llegar a tiempo a su reunión y fantaseando uno se imagina que tal vez esa reunión es para concretar algún importante negocio que represente el pan sobre la mesa para su familia en los tiempos venideros, o una reunión para comprarle tulipanes de los más escasos en su variedad a un famoso jardinero que se los iba a dejar en precio de rebaja, y con eso conquistar a su enamorada, o peor aún una reunión para recibir la dosis de medicamentos que necesita su hermana desvalida para poder sobrevivir.
¡Qué horror pensé para mis adentros!, sería yo indirectamente el causante de una tragedia, me aterrorizaba el solo pensamiento de esto, y luego pensé en el escenario contrario, podría con el simple gesto humanitario de prestar mi celular salvar al joven de cualesquiera que fuese su destino cruel.
Mi boca estuvo a punto de abrirse para responder -Por supuesto- con un esbozo de sonrisa que no revelara por completo la alegría innata que se siente ayudar al prójimo sobre todo cuando este está en necesidad, porque es ese sentimiento pervertido de disfrutar con la caridad lo que caracteriza a mi entorno iconoclasta y con mayorías religiosas en su población. Digo estuvo porque eso no paso, no respondí -por supuesto- ni extendí mi mano para entregarle a los delgados y largos dedos del muchacho mi preciado teléfono móvil, no nada de eso sucedió.
Todo lo contrario fue lo que paso y la causa de esto fue un afortunado recuerdo, porque al analizar el rostro del joven durante esos 3 segundos que me tome para responderle me percate de algo, en su rostro se veían las características propias de un joven característico de mi ciudad (característico por la manera en que tradicionalmente se es representado en la cultura popular), un paisa pujante, con ganas de salir adelante y berraco, sin miedo de buscar una solución y hacer lo que sea para resolver sus problemas, porque el paisa la que no sabe se las inventa.
Sí, fue precisamente ese recuerdo lo que me llevo consecuentemente a la línea de pensamiento que cambio mi opinión sobre prestar mi celular; porque esa cultura innata de los paisas, también incluye la admiración de los avispados, de creer que el vivo vive del bobo y que solo el más fuerte sobrevive. Sí, fue ese afortunado recuerdo de ver como así siendo la única ciudad del país con metro, y tal vez el más organizado y limpio del mundo también se roba aquí, y aquí precisamente se culpa a la víctima y no al ladrón y es común y no tiene ningún estigma social ser uno prejuicioso, si cometí ese pecado, en medio de mi paranoia y la prevención que me causo la sociedad de esta ciudad, me negué a prestar mi teléfono, no solo eso, porque acá todos somos sonrisas en el exterior, no podía responder con un simple -No-. Porque es muy propio de estas tierras no percatarse que los monosílabos sirven como respuestas claras, para preguntas inquisidoras. No, no es algo que acá se comprenda, cualquier respuesta tiene que ir seguida de alguna explicación o razón y una razón lo suficientemente convincente para el interlocutor.
Como la honestidad aquí se valora en el papel pero no en la práctica también tuve que descartar la respuesta que más se me asemejaba con mi sentir general un simple y franco -No Joven, no le voy a prestar mi celular, me costó demasiado, y pues prefiero no correr el riesgo que usted lo hurte, y luego ser juzgado por mi familia y amigos por ser tan inocente- (en términos muy amigables porque ellos se expresarían con otro tipo de vocabulario que no pienso exaltar en estas líneas).
No obstante tenía que responder algo y lo mejor que se me ocurrió fue una excusa, la más simple, apelar a la pobreza que a la mayoría nos caracteriza y decir -No tengo minutos- y formar una sonrisa incomoda, que se notara incomoda, como con pena, demostrando que yo quería ayudar, ser el héroe inesperado pero también tenía mis propios problemas (la pobreza evidenciada en mi carencia de minutos aun así teniendo en mi posesión un celular de alta gama), el joven me mira asombrado y pone una expresión atónita, para luego poner una cara triste y repetir lo que acabo de decir pero en tono interrogativo - ¿No tiene minutos? - respondo con un simple encogimiento de hombros y rápidamente vuelvo a colocar el audífono que me había quitado en mi oreja para evitar así preguntas subsiguientes y dar a entender que la conversación había sido finalizada (de una manera brusca y abrupta pero aceptable).
Es normal y no tiene nada de peculiar que usted lector piense que mi actitud fue desconsiderada (porque precisamente lo fue) y sobre todo porque son muchos más los casos donde la persona necesitada si está necesitada en verdad y no busca cometer alguna fechoría, pero en lo que fue un acto providencial tal vez, mis ojos presenciaron algo que me dejo perplejo y me hizo sentir bien para mis adentros (así esto último también suene horrendo).
Describo lo que sucedió a continuación despues de haber rechazado la petición de aquel joven: Como era de esperarse (y con mayor razón si su historia era verdadera) el joven no desistió y fue en búsqueda de otra alma (que si fuera) caritativa (no como la mía). Y la encontró, no se leer labios, pero claramente pude predecir que lo que veía era el joven enunciando las mismas palabras que me dijo a mí, con los mismos nervios y manteniendo la misma postura que hizo para conmigo. Fue una clara copia de la situación que había experimentado hace segundos, pero con un final diferente vi como el hombre al que le pidió el favor en esta ocasión estiro su brazo y le entrego su celular.
El joven que se sentía invencible y triunfante lo recibió con evidente nerviosismo y se dispuso a (lo que a mi parecer era) empezar a marcar los números de un teléfono que me imaginaría yo contestarían del otro lado por fin aclarándole los detalles de dicha reunión, mientras se dispone a hacer eso, el metro se detiene y abre sus puertas un grupo de gente se dispone a salir y apenas todos lo hacen como es tan propio de nuestra cultura metro, empiezan a ingresar aquellos pasajeros ansiosos que esperaban afuera. El joven termina de marcar los números y acerca a su oreja el celular, espera nervioso no despego el ojo para ver su reacción cuando por in contesten, y por fin sucede la reacción que estaba esperando le veo una cara de alivio. -Le contestaron- digo en tono bajo esperando que nadie me escuche, pero algo extraño pasa aleja el celular de la oreja y veo como se dispone a correr.
-Cójanlo- escucho gritar a un hombre y veo como el joven logra cruzar las puertas del metro justo antes de que se cerraran y lo aplasten y en el preciso instante para que nadie pudiera seguirlo.
Sin lograr salir de mi asombro confieso que me sentí aliviado y pense -Jueputa de la que me salve-.