DOMINGO, 3 DE MAYO DE 2026DTYMC.COM
← Archivo
Historias

Supongo que sabes el problema en el que te metiste

22 DE OCTUBRE DE 2017Daniel Velásquez
"Supongo que te das cuenta del problema en el que te metiste ", dijo un amigo. "Ahora estás en la vitrina de escritores reconocidos, y hay mucho que tienes que hacer para merecerlo". La manera en lo que todo paso para ese joven fue tan inesperada que hasta el mismo tuvo problemas contando la historia. En febrero de 1947, el joven se matriculo en la facultad de derecho de la Universidad Nacional de Bogotá, como él y sus padres habían acordado. Y vivió en una pensión que quedaba en todo el centro de la ciudad en la calle Florián, que estaba ocupada en su mayoría por jóvenes estudiantes como él. En las tardes libres en vez de trabajar para poder sostenerse, el joven se dedicaba a leer en su cuarto o en los cafés que lo permitían. Todos los libros que obtuvo fueron gracias a la casualidad y la fortuna, y dependían más en la casualidad que a la fortuna que él tenía, porque los amigos que podían comprarlos se los prestaban por un tiempo tan corto que tenía que trasnocharse a leerlos con tal de devolverlos a tiempo. Pero a diferencia de los libros que había leído en el colegio en Zipaquirá, que pertenecían en un mausoleo de autores consagrados, estos eran como pan salido del horno, impresos en Buenos Aires en nuevas traducciones después del hueco editorial que dejo la segunda guerra mundial. De este modo, el joven descubrió a los ya muy descubiertos Jorge Luis Borges, D.H. Lawrence y Aldous Huxley, William Iris y Katherine Mansfield y muchos más. La mayoría de las veces, estos nuevos trabajos eran exhibidos en las inalcanzables vitrinas de las librerías, pero algunas copias circulaban en los cafés estudiantiles, los cuales eran el centro activo de esparcimiento cultural para estudiantes universitarios provenientes de las provincias. Muchos de esos estudiantes reservaban mesas año tras año, recibían correo, e incluso encomiendas con dinero en esos cafés. Favores de los propietarios o los empleados más confiables fueron vitales en salvar un buen número de carreras universitarias, y un buen puñado de profesionales en el país les deben más a sus contactos en su café que a sus casi invisibles tutores. El café favorito del joven era El Molino, ese mismo que era frecuentado por poetas viejos, a tan solo 200 metros de la pensión del joven, en la esquina de la Avenida Jiménez de Quesada y la Carrera Séptima. Los estudiantes no tenían permiso para reservar asientos en El Molino, pero con seguridad los jóvenes estudiantes de esa época podían aprender más de las conversaciones que escuchaban a escondidas que leyendo de algún libro de texto. Era un café enorme, elegante en el estilo español, con sus paredes decoradas por el pintor Santiago Martínez Delgado con episodios de la batalla de Don Quijote en contra de los molinos. A pesar de que el joven no podía reservar un lugar, siempre se las arreglaba para que los meseros lo ubicaran tan cerca como fuera posible al maestro León de Greiff, que comenzaría su tertulia, su charla literaria, al atardecer con algunos de los escritores más famosos de su día, y terminar la velada con sus estudiantes de ajedrez acompañado de licor barato. Muy pocos de los nombres más importantes de las artes y las letras en el país no se sentaron en esa mesa, aunque fuera una vez. Y los estudiantes sobre todo el joven protagonista de esta historia se hacían los muertos con tal de no perder ni media palabra. Aunque estos escritores y artistas famosos solían hablar más sobre mujeres y temas políticos que acerca de su arte o trabajo, ellos siempre decían algo que resultaba nuevo para estos estudiantes. Un día Jorge Álvaro Espinosa, un estudiante de derecho que le enseño al joven como navegar la Biblia y le hizo memorizar los nombres de los acompañantes de Job, puso sobre la mesa un tomo asombroso y le dijo al joven con la autoridad de un obispo "Esta es la otra biblia". Era por supuesto, "Ulises" de James Joyce, el cual el joven leyó por pedacitos y a tramos hasta que perdió la paciencia. Esto fue un descaro prematuro. Tiempo después el joven ya convertido en adulto decidió darle una segunda oportunidad al libro, se puso a la tarea de leerlo juicioso y no solo resulto en el descubrimiento de un nuevo mundo para el que ni pensaba que existiera en el primer lugar, pero también le sirvió para brindarle ayuda técnica invaluable y ayudarle a manejar el tiempo y la estructura en sus propios libros. Uno de los compañeros de la pensión del joven Domingo Manuel Vega, un estudiante de medicina que era amigo del joven desde su niñez y que compartía la pasión por leer del joven, llego con tres libros recién comprados y le presto al joven uno al azar, con el objetivo de que le ayudara al joven dormir como siempre decía Manuel cada vez que le prestaba un libro, irónicamente ese libro provoco el efecto contrario. El joven no volvió a dormir tranquilamente de nuevo. Este libro era "La Metamorfosis" de Franz Kafka, y fue todo un cambio en la dirección que le estaba dando el joven a su vida desde que leyó la primera línea del libro reconocida como uno de los mejores instrumentos de la literatura mundial: "Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. " Estos eran libros cuyos peligrosos precipicios no eran simplemente diferentes sino contrarios a todo lo que el joven conocía hasta el momento. Estos le mostraron al joven que no era necesario demostrar hechos: era suficiente para el autor haber escrito algo para que fuera verdad, con ninguna prueba además del poder de su talento y la autoridad de su voz. Era Scheherazade de nuevo, no en su mundo milenario, donde todo era posible, sino en un mundo irreparable, donde todo se había perdido. Cuando el joven termino de leer "La Metamorfosis", sintió unas ganas irresistibles de vivir en ese paraíso alienígena. El día siguiente encontró al joven usando la máquina de escribir que Domingo Manuel Vega le había prestado, intentando escribir algo que se asemejara a la historia de Kafka sobre el pobre burócrata convertido en cucaracha. En los días siguientes el joven no fue a la universidad debido al temor que el hechizo se perdiera, y continuo, sudando gotas de envidia, hasta que Eduardo Zalamea Borda público un artículo desconsolador lamentando la falta de nombres memorables e una nueva generación de escritores colombianos, y el hecho que no podía detectar nada en el futuro para remediar esta situación. El joven no sabe con qué derecho se sintió retado, en nombre de su generación por el contenido provocador de ese artículo, pero decidió retomar el borrador de la historia que había dejado a medias en un intento para demostrarle a Eduardo Zalamea que estaba equivocado. Aun así, el joven se sentía muy dudoso acerca de la historia que recién había escrito que no comento sobre esta a ninguno de sus compañeros de mesa de El Molino. Ni siquiera con Gonzalo Mallarino, compañero del joven en la facultad de derecho, que era el único lector de las piezas literarias que escribía el joven mientras intentaba sobrellevar el tedio de las clases. Releyó y corrigió su cuento hasta el cansancio, y al final escribió una nota   para Eduardo Zalamea, al que nunca había visto, de la que no recuerda ni una sola palabra. Puso todo en un sobre (el cuento y la nota) y lo llevo en persona hasta la recepción de El Espectador. El portero le dio permiso al joven para que este fuera y le entregara personalmente la nota a Zalamea, pero el joven paralizado con el solo pensamiento de hacer eso decidió dejar el sobre en el escritorio del portero y huir. Esto sucedió un martes, y el joven no se sentía preocupado con algún presentimiento extraño sobre el destino de su cuento. Estaba seguro que, en el poco probable evento que esta fuera publicada, no sería muy pronto. Mientras tanto, por dos semanas el joven se paseaba y divagaba de café en café para aliviar el aburrimiento que sufría las tardes de los sábados hasta que, el 13 de septiembre, cuando fue a El Molino y se chocó con el título de su historia impreso a través de todo el ancho de El Espectador, que recién había sido impreso. La primera reacción de el joven fue el devastador descubrimiento que no tenía cinco centavos para comprar el periódico. Este era el símbolo más explícito de pobreza, porque además del periódico, muchas cosas básicas de la vida diaria costaban 5 centavos: el tranvía, el teléfono público, una taza de café, una lustrada. El joven se aventuró a la calle, con ninguna protección ante la llovizna, pero en los cafés cercanos no había nadie que el joven conociera y le pudiera dar una moneda caritativa. Y el joven tampoco encontró a nadie en la pensión en esa hora muerta del sábado excepto por la dueña, que era lo mismo que no encontrar a nadie, porque le debía setecientos veinticinco veces esos cinco centavos equivalentes a dos meses de arrendamiento. Cuando salió otra vez preparado para cualquier cosa, el joven se encontró a un hombre enviado por la divina providencia: Se estaba bajando del taxi, sosteniendo una copia de El Espectador en su mano, y le pregunto de frente si se la regalaría. Y así el joven leyó su primera historia impresa, con una ilustración de Hernán Merino, el dibujante oficial del periódico. A los días siguientes el joven se vio inundado de compañeros de la universidad con copias del periódico donde estaba publicada su historia y llenándolo de elogios y cumplidos que él pensaba que no se merecía. Su mayor preocupación era el veredicto de Jorge Álvaro Espinosa, que con su cuchilla critica era peligroso incluso más allá de su círculo inmediato. El joven tenía sentimientos encontrados. Quería encontrarse con Jorge Álvaro para resolver su incertidumbre de una vez, pero al mismo tiempo la solo idea de confrontarlo lo aterraba. Álvaro Espinosa no apareció hasta el martes siguiente y cuando lo hizo se sento en una mesa a la que el joven se acerco apenas estuvieron sentados frente a frente Alvaro Espinosa le dijo lo siguiente al joven: "Supongo que te das cuenta del problema en el que te metiste ", dijo con sus ojos verdes de cobra puestos sobre los del joven. "Ahora estás en la vitrina de escritores reconocidos, y hay mucho que tienes que hacer para merecerlo"." Y así fue, el joven siguió publicando con cierta frecuencia en el magazine literario "Fin de Semana" de El Espectador y con el tiempo pasaría a ser uno de los más importantes escritores en Latinoamérica y a nivel mundial. El nombre de este joven: Gabriel García Márquez. Aquí está el enlace a la primera historia que le publicaron a García Márquez: "La tercera resignación"