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Nostalgia en presente

14 DE OCTUBRE DE 2025Daniel Velásquez

La música fue la excusa.
La experiencia, el verdadero motivo.

Me solté una mañana en un barrio fino, buscando un taco.
No el taco que se hace bonito, sino el que suda en el plato.
El que sale de la mano de un hombre que no te mira y te lo entrega en un plato de plástico envuelto en una bolsa que ya sabe que será nada en un instante.

La fila se movía como un río tranquilo, y en el silencio de los cuerpos se oía la promesa de la carne al chocar contra la plancha.
Él servía sin mirar, cada taco un golpe seco y preciso, como si el cansancio fuese nuestro idioma en común.
Con un gesto me envió a la otra punta, donde una mujer entregaba la bebida.
Pedí una Coca.

No había sillas.
Me senté en el muro caliente, con la espalda pegada a la pared, como si el ladrillo supiera de mi prisa.
El primer bocado fue una confirmación: un sabor que nunca había probado, pero que me trajo el recuerdo de un pasado que nunca tuve.

Mientras comía, vi a otro yo.
Uno que sí vivió aquí, que salió de clase con la luz cansada de la tarde.
Se sentaba justo aquí, sobre este mismo muro, con la misma risa, la misma grasa en los dedos, la misma fatiga en los hombros.
Un muchacho que hablaba de amor como si el amor fuera el único problema.

El puesto vivía en medio de la opulencia, una isla en un mar que no le pertenecía.
Pero no desentonaba.
Era como si el lujo y la calle se hubiesen puesto de acuerdo, mirándose de reojo, sin palabras, para coexistir.

La Coca se acabó.
Dejé el plato y miré al hombre.
La nube de vapor subía a su lado con la dignidad de un espíritu.

Pensé en la nostalgia, en cómo a veces no es un eco del pasado, sino un anuncio.
Una tristeza tranquila que se instala en el cuerpo mientras algo sucede, porque ya sabes que ese instante, cuando lo recuerdes, te va a doler un poco.
Y entre el olor del aceite y el ruido de los autos, supe que esa tristeza era una forma de felicidad.