DOMINGO, 3 DE MAYO DE 2026DTYMC.COM
← Archivo

El giro rudo (parte 3)

2 DE OCTUBRE DE 2025Daniel Velásquez

Para entender a Siqueiros, primero hay que devolver la película. No mucho, solo lo justo para ver de dónde nació su obsesión.

Se como el agua, decía Bruce Lee. Yo nunca le entendí qué carajos quería decir con eso —¿fluidez? ¿adaptación?—, pero qué bien sabía patear y darle en la jeta a todos ese tipo.

Ric Flair, en cambio, tenía un método mucho más concreto: amarraba una cuerda a un ventilador y trataba de golpearla. La cuerda giraba, lo esquivaba, y él insistía hasta que sus puños parecían coreografía. Así aprendió a golpear real, con precisión.

Siqueiros —nuestro protagonista, no el muralista— era así. No le importaban la poesía ni los discursos, no leía a García Márquez ni pintaba murales. Lo suyo era un monólogo frente al espejo hasta que la garganta se le resecaba, o repetir una y otra vez un VHS rayado de Hulk Hogan contra André el Gigante hasta que memorizaba cada respiración. Se compraba revistas viejas, buscaba libros en bibliotecas polvorientas, y si escuchaba que en Japón el judo ayudaba a mejorar una llave, al día siguiente ya estaba tocando la puerta de un dojo.

Era como Sherlock Holmes cuando le dijo a Watson que no le importaba la teoría heliocéntrica porque eso no le servía para resolver crímenes. Siqueiros pensaba igual: lo único útil era lo que le servía en el ring. Lo demás, basura. Y hasta en los vicios lo imitaba: se volvió un borracho no porque le gustara el trago, sino porque había visto que sus ídolos también lo eran.

En el mundo de la lucha hay combates que definen carreras, noches que separan a los que simplemente pelean de los que construyen una leyenda. Y entre todos esos formatos, uno se levanta como prueba suprema: las Three Stages of Hell. Tres batallas distintas, encadenadas, diseñadas para desgastar cuerpo y mente hasta el límite.

La primera etapa es una lucha normal. Reglas básicas: conteo de tres, rendición, descalificación. Es el terreno de la disciplina, donde se supone que la técnica, la paciencia y el respeto por las normas definen al vencedor.

La segunda etapa es un No Holds Barred. Aquí desaparece toda pretensión de decoro. No hay conteos afuera, no hay descalificación, todo vale. Sillas, mesas, cadenas. Es el reino del dolor y la creatividad más brutal.

Y la tercera etapa… la tercera es la jaula. El hierro bajando desde lo alto, envolviendo el ring como un sarcófago. Solo hay dos caminos: escapar o dejar al rival demasiado destrozado para que lo impida. Es el escenario definitivo, donde ya no hay escape del espectáculo ni del juicio de la multitud.

Fue ahí donde Siqueiros escribió uno de los capítulos más polémicos de su carrera.

Primer asalto.
La campana sonó y nadie esperaba lo que vino después. En vez de medir a su rival con llaves, Siqueiros bajó del ring, tomó una silla y —¡BAM!— directo a la cabeza. El golpe resonó por todo el coliseo. La multitud gritó, el árbitro no dudó: descalificación inmediata. El primer asalto se le fue en segundos. Pero en su rostro no había frustración, había cálculo. No perdió un round: sembró el veneno para los que venían.

Segundo asalto.
Ahora todo valía. El árbitro apenas alcanzó a dar la señal cuando Siqueiros levantó otra silla. Su rival, todavía mareado, apenas pudo cubrirse antes de recibir el segundo impacto. Y otro. Y otro. Cada golpe era legal, cada grito del público era impotente. Lo arrastró al centro del ring y lo acomodo para el conteo de tres. Uno. Dos. Tres. El empate estaba servido.

Tercer asalto.
Las luces se apagaron un instante y la jaula comenzó a descender. El sonido metálico se mezclaba con los abucheos. Pero para entonces la pelea ya no era pelea. Su rival yacía inconsciente, un muñeco roto en la lona. Siqueiros lo miró apenas, se acomodó el pelo sudado, y con calma pidió que le abrieran la puerta. Caminó despacio, paso a paso, y salió de la jaula como si nada.

La victoria fue suya.
El odio del público también.
Enardecidos, arrojaban vasos, insultaban, exigían justicia. Pero él, impasible, no miró atrás. En esa noche demostró que la lucha no siempre la gana el más fuerte, sino el más astuto. Y esa fue la marca que lo acompañaría para siempre: el hombre que convirtió las Tres Etapas del Infierno en un juego de estrategia del que salio victorioso.