Matías bajaba con la basura en la mano cuando escuchó, otra vez, la voz del 204. Esta vez no era un grito, sino una especie de discurso:
—¡Y en esta esquina… el hombre que nunca conoció la derrota! ¡El invencible, el inquebrantable, el único… Capitán Siqueiros!
La puerta estaba abierta de par en par. Adentro, entre luces amarillentas —(¿es que acaso este tipo no conoce los bombillos ahorradores? Con razón terminó viviendo aquí, pensó Matías)— y un humo espeso de cigarrillo —probablemente Marlboro, porque eso es lo que fuman los viejos rancios de ese estilo—, un hombre enorme, aunque encogido por los años, hacía poses frente a un espejo rajado.
Tenía el torso desnudo, marcado por cicatrices y moretones viejos; la barriga colgaba como un recordatorio cruel de que los músculos no duran para siempre. Un collar de oro brillaba en su cuello como un mal chiste de tía solterona.
Al ver a Matías, sonrió como si la vida le hubiera mandado justo lo que necesitaba: público.
—¡Eh, muchacho! —dijo con una voz grave, forzada, como si todavía estuviera frente a un micrófono—. ¡Pasa, pasa! No todos los días uno tiene la suerte de conocer a una leyenda: el Capitán Siqueiros.
Matías se quedó en la puerta, incómodo, con la bolsa de basura goteando. Notó una mancha oscura expandiéndose en la baldosa, y no supo si le daba más asco eso o el aire viciado que salía del apartamento.
El lugar, alcanzó a ver, era un mausoleo improvisado. Había pósters viejos de lucha pegados con cinta, algunos en blanco y negro, otros descoloridos hasta parecer fantasmas de papel. En una esquina colgaba un cinturón de campeonato, oxidado en los bordes como si se estuviera deshaciendo en tiempo real. Una vitrina polvorienta exhibía trofeos de plástico dorado con luchadores congelados en poses de victoria. La nevera, pequeña, estaba cubierta de calcomanías arrancadas; se oía el zumbido de un motor que parecía a punto de rendirse.
El olor era aún peor que el humo: mentol con sudor seco, cerveza derramada y un dejo agrio de comida recalentada. Matías pensó que ese apartamento era la prueba de que los museos de gloria suelen convertirse en bodegas de ruina cuando nadie paga la entrada.
—Buenas… yo vivo arriba —dijo, sin saber si debía presentarse o salir corriendo.
—¡Arriba! —repitió el luchador, levantando los brazos como si eso también fuera parte de un show—. ¡Perfecto! Yo siempre fui de subir, siempre trepar más alto. A veces eran jaulas y celdas, y me tiraban desde alturas increíbles, pero igual me levantaba, ¿sabías? El público gritaba: “¡Siqueiros, Siqueiros!” y yo… yo era invencible.
La sonrisa se le quebró apenas un segundo, pero volvió a recomponerse.
—¿Y ahora? —preguntó Matías, sin saber por qué (hay preguntas que salen de la boca antes de pasar por el filtro de la cordura y la supervivencia).
El hombre lo miró fijamente.
—Ahora queda la memoria. Y la memoria hay que repetirla, para que no se apague.
El silencio se volvió espeso, interrumpido solo por el zumbido de un parlante dañado en alguna parte del cuarto. Matías pensó en la risa que había escuchado la primera vez, esa que se filtraba por las paredes como un fantasma maleducado.
—¿Y de dónde salió ese nombre? —se animó a preguntar, quizá solo para alargar el momento, quizá porque temía lo que pasaba si el silencio se hacía más largo.
El luchador enderezó la espalda y, de pronto, habló con solemnidad:
—Un día teníamos un show en Ciudad de México y me llevaron a un parque enorme, un museo. Yo no quería, pero el promotor insistió: “Tenés que ver esto, Antonio, esto es cultura”. Y ahí lo vi: un cuadro de un pintor, un tal Siqueiros. Era un rostro roto, como partido en pedazos, lleno de furia y de fuego. Y pensé: ese soy yo… pero en el ring. Ese día dejé de ser Antonio y me convertí en Capitán Siqueiros.
Se le iluminaban los ojos al contarlo, como si todavía creyera en la versión épica de su bautizo.
Matías lo miró, sin saber si reír o tomarlo en serio. Lo más probable era que nunca hubiera entendido la obra, que solo viera un monstruo pintado y lo confundiera con un rival del ring. Pero en la forma en que lo contaba, con la voz quebrada entre orgullo y melancolía, había algo que daba lástima y respeto al mismo tiempo.
Recordó una frase de Dave Grohl que había leído alguna vez: que una canción deja de ser del músico y pasa a ser del fan, porque cada quien la acomoda a su propia vida. Quizás con los cuadros pasaba lo mismo: para Siqueiros, la obra hablaba de luchas sociales; para este otro Siqueiros, el capitán, hablaba de un ring. Y aunque estuviera equivocado, de alguna manera, esa lectura también era suya.
El luchador encendió un cigarro con una ceremonia torpe, aspiró con fuerza y luego lanzó una carcajada ronca que retumbó con su eco por todo el edificio de cinco pisos.
—¡Y mientras me sigan oyendo, todavía existo!
Matías no supo qué contestar. Dejó la bolsa de basura en el suelo y, por un segundo, sintió la tentación de preguntarle por sus combates, por la gloria pasada. Pero no lo hizo. Había algo frágil en ese espectáculo privado, algo que podía romperse si se nombraba demasiado.
En cambio, se sorprendió pensando en su propia rutina: subir y bajar esas escaleras todos los días, ver a su mamá barriendo el corredor como si intentara mantener con vida un edificio que ya se caía a pedazos. Tal vez todos necesitaban un ritual para convencerse de que seguían de pie. El Capitán gritaba su nombre; su madre barría el polvo; él mismo se refugiaba en los audífonos. Cada uno con su máscara, cada uno con su espectáculo.
—Bueno… yo subo —dijo al fin.
—¡Suba, muchacho! —respondió el Capitán Siqueiros, levantando el puño como si diera una orden al público invisible—. ¡Suba y no se detenga nunca!
Cuando Matías siguió su camino, con el eco de esa voz aún rebotando en las paredes del edificio, pensó que tal vez no era una orden dirigida a él, sino al propio Capitán. Una forma desesperada de recordarse que alguna vez supo escalar.