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El giro rudo (Parte 1)

22 DE SEPTIEMBRE DE 2025Daniel Velásquez

Matías subía las escaleras con los audífonos puestos. Eran de cable, pero no por esa moda ridícula de quienes insisten en que “suena mejor que Bluetooth”. Nada de eso. Simplemente había perdido los inalámbricos y le tocó conformarse con esos, que además se enredaban con facilidad en los bolsillos.

El ascensor seguía dañado, como desde hacía semanas, y en la puerta colgaba un letrero escrito a mano: “POR FAVOR NO USAR, AÚN EN ARREGLOS.” Lo primero que llamaba la atención no era la advertencia, sino ese “por favor” todo junto, en letras mayúsculas, como si el enojo del autor hubiera pasado por encima de cualquier regla de ortografía.

Matías ya se sabía las escaleras de memoria. La tercera del segundo piso tenía un rayón que ni con Frotex se quitaba. La quinta del primero había perdido un pedazo del borde y mostraba el cemento desnudo. Era un edificio que parecía decirte, cada vez que subías: sí, sigo aquí, pero no me pidás más esfuerzo.

Mientras subía, escuchó un ruido extraño. Primero pensó que era un taladro, o una licuadora sin tapa. Pero no: era un radio viejo, mal sintonizado, explotando los parlantes. Entre la estática se colaban trompetas y tambores de cumbia, mezclados con guitarras que parecían tocadas por alguien con guantes de boxeo puestos. Y, de vez en cuando, sobre la música, se oía una voz ronca, exagerada:

—¡Ahhh, ¿no soy genial yo?!

Y después, una risa larga, que parecía venir de alguien tan convencido de su genialidad como de que ya nadie más lo estaba.

Matías se detuvo en seco. Miró la puerta del 204: entreabierta, con luz amarilla filtrándose por la rendija. El olor era todavía más raro que el sonido: cigarrillo mezclado con mentol, o con ese ungüento para la artritis que usaba su abuela, pero multiplicado por diez y calentado en microondas.

Pensó en tocar la puerta, solo por curiosidad, solo para comprobar que había un ser humano y no un experimento fallido ahí dentro. Pero no lo hizo; a veces es mejor dejar esas ideas de lado y quedarse con la incertidumbre de lo que habría sido. Sacudió la cabeza y siguió subiendo.

Mientras cerraba la puerta de su propio apartamento, alcanzó a oír, de nuevo, a lo lejos:

—¡Soy un maldito espectáculo!

Y luego, silencio.

El tipo estaba solo, y aun así gritaba eso. Matías se quitó los audífonos y pensó que quizás ese era el punto: si uno no se gritaba a sí mismo que era un espectáculo, ¿quién más lo iba a hacer?

Sacudió la cabeza y siguió subiendo.

En el tercer piso lo esperaba lo de siempre: su mamá barriendo el corredor, el olor a fríjoles que salía del 301 y el ventilador viejo de su sala que sonaba como si fuera a despegar.

Pero aun así, mientras cerraba la puerta detrás de él, seguía escuchando, muy al fondo, entre las paredes del edificio, la carcajada ronca del vecino nuevo.

—Hola, mami, ¿cómo va el día?

—Ay, mijo, pues ahí vamos… ¿y usted?

—Pues iba subiendo las escaleras y en el piso de abajo se escuchaba un ruido aturdidor. Salía del 204… ¿ya ocuparon esa casa?

—Sí, mijo, casi que no. Le tocó a doña Dolores bajarle otra vez al precio del arriendo, es que sí estaba muy conchuda: para este edificio tan viejo y pidiendo ese platal…

—Bueno, pues el vecino es un poco ruidoso. ¿Ya lo llegaste a ver?

—De lejos. Me dijo el portero que es alguien famoso, que salía en la televisión, como un boxeador o algo así.

—¿Un boxeador? —repitió Matías, aunque no sonaba muy convencido.

—Algo así —dijo su mamá, encogiéndose de hombros—. Igual, ¿qué importa? Ya verá que no dura mucho aquí, con ese ruido ya en esto ponen quejas, recorda que este es un edificio viejo y tambien esta lleno de viejos y por mucho que este otro señor venga de un lugar donde era normal el ruido, al resto ya con la edad nos va chocando eso.

Matías no respondió. Caminó hasta su cuarto, dejó la mochila sobre la silla y se tiró en la cama con los audífonos aún colgando del cuello. Cerró los ojos, pero no escuchó la música que había puesto antes: lo que volvió, como un eco escondido en las paredes, fue esa risa grave, torcida, que no parecía pertenecerle a ningún vecino sino a alguien que se reía solo, convencido de algo que nadie más podía ver.

Y por alguna razón, aunque no quería admitirlo, le dio la impresión de que esa risa era apenas el principio.